Gabriel Fernández heredó de su papá Rubén la pasión por el básquetbol y, con el convencimiento de los creyentes, se la transmitió a su hija Julia. Los dos hombres y la mujer son vecinos de toda la vida de Burzaco, partido de Almirante Brown, y se pueden enorgullecer de integrar una familia que es dueña de un récord con pocos antecedentes en la historia de este deporte a nivel mundial: tres generaciones que representaron al país en distintas competencias internacionales.
Rubén lo hizo a fines de los 70 y principio de los 80, período difícil, conflictivo. Gabriel Diego, el más destacado exponente de esta dinastía, integró la memorable Generación Dorada y fue medalla de oro olímpico en Atenas. Julia, la menor del árbol genealógico, ya es parte del elenco permanente de la selección femenina. El vínculo sigue firme por estos días: la nieta juega en Boca, que acaba de volver a intervenir en los torneos femeninos, el padre la dirige y el abuelo oficia como fiel seguidor de ambos.
Gabriel Fernández, básquet desde la cuna
Los recuerdos basquetbolísticos más antiguos de Gabriel Fernández, quien cumple 50 años el 23 de este mes, se asocian a la campaña paterna. “Iba a verlo jugar a mi viejo en Lanús, después en Gimnasia y Esgrima La Plata. Era la época de los torneos de la Federación de Capital. Ahí se fue generando mi amor por la actividad. Yo arranqué a jugar en Lanús y lo acompañaba a las prácticas. Debuté a los 14/15 años en Primera contra Imperio Junior, donde todavía estaba el papá de Luis Scola. Y después llegué a jugar contra mi papá”, cuenta el hoy director técnico.
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Miembro del plantel con el que Boca conquistó en 1997 la primera de sus cinco estrellas en la Liga Nacional, al mando de Julio César Lamas, Fernández fue citado con frecuencia al seleccionado argentino que entre fin del siglo pasado y principio del actual se animó a competir de igual a igual con las grandes potencias.
Rubén, Julia y Gabriel Fernández; abuelo, nieta y padre.
Vivió de manera especial el 2004, un año inolvidable. El 14 de agosto, un día antes de la agónica palomita de Manu Ginóbili para vencer a Serbia y Montenegro, nació Julia Fernández. Fue sietemesina. Ella y la madre quedaron internadas casi dos semanas. Parientes y amigos evitaron contarle al padre esos incómodos detalles, para no preocuparlo y que mantuviera la concentración en esos Juegos de Atenas donde Argentina subió a lo más alto del podio.
El afiche de Boca parea anunciar a Gabriel Fernández como entrenador.
Ya de regreso, Gabriel se enteró del padecimiento de Julia. Los primeros tiempos fueron bravos para la pequeña, le costaba comer… Después se volvió el portento físico que es hoy. Con edad de mini, destacándose entre sus compañeras de división en Burzaco Fútbol Club, Fernández III se propuso llegar a ser una jugadora profesional, como el más famoso de la familia.
Julia Fernández, presentada como jugadora de Boca.
Gaby acompañó igual que cualquier padre, con el agregado de que le podía aportar conocimientos específicos, algunas mañas para moverse en la zona pintada, recursos que la ayudarían a mejorar. Entre no que enseñaba y una que aprendía, los resultados se vieron enseguida.
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Aunque el básquet es lo que más disfruta, hay otra tarea que le insume tiempo y dedicación a Gaby. “Estamos en el Parque Industrial de Burzaco, donde vendemos trailers para autos, motores de varios tipos… Sigo presente en la empresa, me ayuda mucho el tema de las video llamadas, pero uno de mis hermanos es el que más se ocupa del día a día”, asegura.
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Tiene su lógica: el básquet es la gran pasión de Gabriel Fernández, desde que trataba de imitar los movimientos de experto del padre en alguna canchita con piso de baldosas del sur bonaerense.
