La vida de Isidro Lángara, de cuyo fallecimiento se cumplen 34 años este 21 de agosto, ofrece material para una serie de varios capítulos en cualquier plataforma: huyó de la Guerra Civil en su España natal, fue ídolo en San Lorenzo de Almagro y goleador en tres campeonatos nacionales.
El Vasco, como se lo conoció aquí, vino a la República Argentina en 1939. Traía antecedentes de frío definidor, mundialista con su país, y los ratificó la tarde del debut con la camiseta azulgrana: le metió cuatro a River para un espectacular 4-2.
Lángara, el de los cuatro goles en su estreno
Isidro Lángara Galarraga nació el 25 de mayo de 1912 en Pasajes, un municipio pesquero de la provincia de Guipúzcoa. Es el único español que aparece en la lista de máximos goleadores de todos los tiempos. De fuerte contextura, sobresalía por su notable eficacia, disimulaba con mucho oficio dentro del área cualquier limitación técnica y era un seguro ejecutor a la hora de rematar penales.
Con su selección disputó el Mundial de 1934, organizado y ganado por Italia para satisfacción de Benito Mussolini. Él se destacó en la victoria 3-1 ante Brasil, con un par de gritos. Aquellos eran tiempos de terribles dictaduras en Europa y España no fue la excepción. Aunque él no expresaba públicamente ninguna preferencia política, corrió la misma suerte que muchos otros compatriotas y fue perseguido solo por su procedencia.
Isidro Lángara, ídolo en San Lorenzo y leyenda del fútbol español.
Ángel Zubieta -también de origen vasco, seis años menor- lo convenció de sumarse a San Lorenzo y la presentación no pudo haber sido más rutilante. El 21 de mayo de 1939 venció cuatro veces al uruguayo Juan Bautista Besuzzo, arquero de los millonarios. Con un detalle: los cuatro tantos fueron durante el primer tiempo. La multitud reunida en el Viejo Gasómetro de Avenida La Plata no daba crédito a lo que había visto.
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Treinta y cinco años después, con la casaca de Boca y frente al mismo adversario, Carlos María García Cambón repitió la proeza: convirtió por cuadruplicado para un impactante 5-2 xeneize en el superclásico del fútbol argentino. Realza su mérito que el portero rival haya sido Ubaldo Matildo Fillol.
El furor por Isidro Lángara en San Lorenzo y en Argentina
Entusiasmados con las actuaciones de su paisano, centenares de vascos residentes en Argentina se hicieron socios del club de Boedo y lo transformaron en uno de los más populares durante esa década inaugural del profesionalismo. Y aunque Independiente, Boca y River se repartieron los títulos, Lángara nunca defraudó a la hinchada santa.
En 1940 los Cuervos realizaron una muy mala campaña y perdieron en 15 de las 34 fechas. Sin embargo, el español de raya al costado y calvicie incipiente marcó 33 goles y fue líder en ese rubro. Sumó de a tres contra Lanús y Chacarita. Se hubiera llevado un par de pelotas a su casa, según la costumbre de ahora.
Isidro Lángara, en una imagen de 1979, recibiendo un premio.
Aún hoy, a más de 80 años de su última actuación con el Ciclón, Lángara figura séptimo en la lista de máximos artilleros de la historia de San Lorenzo, con 112 anotaciones en 130 partidos disputados entre 1939 y 1942. Su impresionante promedio (0.86 por encuentro) es incluso superior al del hace poco fallecido José Francisco Sanfilippo, líder de la tabla con 207 y 0.78 respectivamente.
Pero en España también es una leyenda. Con la camiseta de Oviedo metió 105 goles en 90 encuentros en la Primera División española. Según la Federación Internacional de Historia y Estadística de Fútbol (IFFHS), el vasco es el goleador español más grande de todos los tiempos, lo que incluye a la selección, con la que hizo 17 goles en 12 partidos.
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Isidro continuó su carrera en México, donde también fue una pesadilla para los arqueros. Brilló en el Real Club de España. Allí jugó hasta 1946. También se consagró como goleador de un torneo y fue el primero que lo hizo en tres ligas diferentes. El argentino Di Stéfano y el brasileño Romario igualaron ese récord.
Lángara se retiró en Oviedo, escenario de algunas de sus mayores hazañas, pero dejó aquí una huella imborrable. Algunos murales despintados en las calles de Boedo mantienen vivo su recuerdo de implacable delantero.
